La fabulosa aventura de Agustin

 


Un buen día Agustin abrió sus ojos y el tono rosáceo nacarado, que llevaba tiempo percibiendo, había mutado al opaco marfil. Notó también que estaba apretado, como si el cascarón que le acogía hubiese decidido darle un agobiante abrazo, así que comenzó a revolverse lentamente hasta que vio un rayo de luz atravesar la primera grieta, justo frente a él, y tuvo que apretar los párpados. Cuando volvió a abrirlos su papá tiraba del fragmento con el pico y su mamá le tapaba la luz directa con una de sus alas. 


No parecía que hubiese hecho un gran esfuerzo, pero se encontraba agotado, de forma que solo podía dormir y revolverse de vez en cuando para pedir alimento. Por suerte sus padres, que debían tener el oído más agudo del mundo, aparecían raudos cada vez que él o cualquiera de sus hermanos emitía su familiar chillido, para llenarles el buche y dejarles nuevamente descansar.


Habría pasado una semana cuando Agustin, ensoñado, se giró sobre sus alas y rodó fuera del nido. Asustado chilló y se revolvió, empeorando la situación, pues cuando sus padres acudieron a la llamada él resbalaba por el hueco del tejado en que habían preparado su morada y solo pudieron verlo caer muy lejos de su alcance.


Escuchaba sus chillidos, pero sabía que donde él estaba ellos no podían bajar, así que lo inundó la más profunda de las tristezas e inmóvil sintió los minutos quemando sus plumas. Tras varias horas, más por instinto que por ganas, rodó como pudo buscando sombra y fue a parar, boca arriba, al cobijo de una pequeña cama elástica, donde exhausto se durmió.


Alguien lo giró sobre su vientre y lo lo envolvió en un suave abrazo. ¿Cuanto tiempo habría pasado? Se forzó a despegar los párpados, pero tras una fugaz mirada los volvió a cerrar. Una criatura inmensa lo asía en su garra y lo desplazaba a voluntad. Sintió su corazón acelerarse en el pecho. Habría llorado de quedarle líquido, habría chillado de quedarle fuerzas, pero solo cerró los ojos y se rindió a su destino.


Un instante después sintió algo húmedo en la punta de su pico. Se apartó por instinto y vio una gota de líquido resbalando por el dedo del gigante. Estaba muerto de miedo, pero la sed pudo más y aceptó el ofrecimiento, ese y los dos siguientes. 


El agua le vino bien, pensaba mientras descansaba, ahora a mejor temperatura, en una caja de cartón forrada de suave papel, que por lo mucho que vibraba debía estar desplazándose por las corrientes más turbulentas. <<Al menos mi fin no va a ser quemarme bajo el sol>> fue su último pensamiento antes de volver a quedarse dormido.


Despertó cuando le abrieron el pico y le soltaron dentro dos gusanos que se le escaparon de las fauces. Muy asustado, en el segundo intento logró retirarse. En el tercero se vio forzado a tragar, pero tras ello lo liberaron en su cómoda caja y reparó en la multitud de chillidos a su alrededor, todos pidiendo alimento. Alzó la vista y un espectáculo de vuelo apareció ante él. Cientos de los suyos recorriendo el cielo, esperando que sus polluelos pudieran unírseles.


En el centro de recuperación lo trataban bien. ¿Quién iba a decir que esos gigantes serían amigables? Estaba abriendo el pico frente a un grillo que le ofrecían cuando lo escuchó: ¡ese chillido era inconfundible! Nunca podría olvidar el timbre de su madre. Terminó de tragar mientras escrutaba el cielo y, guiado por el canto, a lo lejos los vio, volando en círculos. Ahí estaban sus papás y sus dos hermanos, chillándole que se pusiera fuerte pronto, pues la vida esta hecha para volar y ellos lo harían siempre juntos.

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