El pequeño guardián
Dejó sus expertos dedos vagar por la estantería, escalando lomos y sorteando obstáculos hasta llegar a su destino. Sacó el viejo libreto y lo retuvo unos segundos entre sus ajadas manos en actitud reverencial. Finalmente lo abrió y pasó las páginas dejando que el aroma del recuerdo lo embriagara, al tiempo que los colores lo saludaban con su particular timbre.
Tras escoger, arrancó la página con decisión, la posó en el escritorio y se sentó frente a ella. Tembló mientras se acercaba nuevamente a la superficie, pero una vez posadas sus yemas se deslizaron por encima con precisión de artesano, disfrutando su textura.
El primer pliegue fue lento, asegurándose de alinear las esquinas antes de dejar hablar al papel con su marcado. A partir de ahí fue una conversación ágil, entre sus dedos y las fibras de celulosa, entre sus recuerdos y nuevas ilusiones.
Cuando hubo acabado, escuchaba perfectamente el futuro y se reía por dentro mientras entraba sigiloso en la habitación de su nieto y dejaba parte de sí en el alféizar de la ventana.
—¡Vigílalo tú por mi, pequeño guardián!— susurró, como si de un encantamiento se tratase, y salió de la habitación tan imperceptible como había entrado.
A la mañana siguiente aquel ciego anciano despertó con un: <<¡Guau, Guau!>> y de sus ojos brotaron lágrimas que reflejaban la alegría que hacía tanto no podía contemplar.




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