Luis, el colibrí
Llevaba un buen rato mirando por la ventana cuando reparó en que no sabía qué hora era. Ver volar a otros pájaros provocaba ese efecto hipnótico en él. Sentía el cuello entumecido, tanto que ni le apetecía probar a moverlo.
Luis se sabía un colibrí, se sentía como un colibrí, pero no estaba allí afuera, libando de esas hermosas flores de salvia, caléndula y verbena que veía a través de la ventana. En lugar de eso pasaba los días tras un cristal y apenas se movía, más que cuando Dani o los niños venían a jugar con él, lo sacaban fuera o le daban una vuelta por la acogedora casa colonial.
No recordaba desde cuando se encontraba así, pero debía ser muy pequeño, pues no era consciente del cambio y, para él, poder desplegar sus alas y batirlas más rápido de lo que el resto de animales pueden contemplar, creando ese bello levitar, era un sueño imposible más que un nostálgico recuerdo.
La voz de Dani, al que no había oído entrar, lo sacó de sus pensamientos:
—- ¡Buenas tardes, Luis!
—- Sí, es un día precioso, ¿verdad?
—- ¿Te apetece salir?
—- ¿Por qué no?
—- ¿Qué te pasa, pequeñín?
—- ¡Nada! Solo pensaba en algo.
—- ¿Y qué es, para que te tenga tan cabizbajo?
—- ¿Qué me pasó?
—- ¿Cuándo?
—- ¡No te burles! Ya lo sabes… ¿Por qué no puedo volar?
—- ¡Ahh, eso! No te pasó nada. Nunca has podido, Luis.
—- Así que nací así…
—- Sí, podría decirse.
—- ¿Podría? Entonces sí que pasó algo.
—- Bueno, Luis, tú no naciste… ¡Yo te cree!
—- ¿Como? Otra vez te burlas de mí, ¿cómo vas a crearme? Yo soy un colibrí y tú, claramente, no eres Dios.
—- Jajaja Bueno, no, claro, pero es que tú… ¡eres de papel!
—- ¡Qué estupidez! Déjalo ya, anda, que no tengo el día para tonterías.
—- Luis, no me burlo. No lo haría… Hace unos diez años encontré un papel precioso en el desván de esta casa, a los pocos días de mudarnos a ella. Daniel Junior y Carla eran pequeños, estaban tristes por haber dejado su antigua casa y quise darles una sorpresa, así que aproveché el hallazgo para hacerles una figura de Origami. Pasé mucho tiempo plegando, desplegando, marcando, girando y revolviendo hasta que apareciste ante mí. Estaba contemplándote bajo los últimos rayos de sol, que entraban por el tragaluz, cuando de repente cantaste. Yo me quedé helado, pero los niños subieron atraídos por tus chirridos y solo atiné a decirles que te había encontrado entre las cajas. Después fuiste un miembro más de la familia y durante estos años nos has acompañado y has aprendido con nosotros, como ya sabes.
—- ¿Cómo voy a ser de papel? He estado bajo la lluvia y me has bañado muchas veces…
—- Al día siguiente de modelarte, comprendiendo lo único que eras, encere tu superficie con goma laca, que absorbiste de forma tan mágica como habías sonado, así que repeles el agua de forma parecida a como lo hacen el resto de aves. También mande fabricar la vitrina en la que descansas y desde la que contemplas el jardín.
—- Osea, que me creaste como un estúpido juguete para tus hijos, un inservible pájaro que nunca podrá volar. Entiendo que para ti he tenido un propósito, pero ¿y yo qué? ¡Qué injusto! ¿Entiendes acaso como me siento ahora? ¿Alguien ha pensado en mi? ¿Pensaste si yo quería esto?
—- Luis, ¡tú no eres un juguete! Eres la causa de muchas de nuestras alegrias, el destino de nuestro Amor y un miembro más de nuestra familia. Es cierto, no puedes volar. No pude darte eso, pero esos colibríes que contemplas a diario no pueden disfrutar de la belleza del jardín, les asusta la risa de mis hijos y no saben valorar la importancia de un abrazo. ¡Tú tienes todo eso y más!
—- Para ti es fácil decirlo… ¡Tú no estás limitado!
—- ¿De verdad, Amigo? Nadie puede hacer todo lo que quiere. Ahí tienes a Carla con su síndrome de Down. Tiene cuatro años más que tú y no habla como tú. Daniel tuvo que dejar el barrio en el que vivía, a sus amigos, y venir a una casa en mitad de ninguna parte y yo, tras perder a Claudia, no pude mantener lo poco que les quedaba de estabilidad en su vida, tuve que vender nuestro ático y conseguir algo con la condiciones que necesitábamos, muy lejos de todo lo que conocía, de lo que mis hijos conocían… Pero, ¿sabes qué? No estamos imposibilitados para ser felices, porque ninguno lo estamos para amar…
—- Dani… ¡Perdóname!
Los últimos rayos de sol los atraparon abrazados. Los niños llegaron poco después. Todos jugaron hasta tarde y por primera vez Luis pudo volar. Voló libre en las risas de esa familia que ahora comprendía, era su razón de ser.



Bonito mensaje. Me ha encantado.
ResponderEliminarMuy bonito.
ResponderEliminarP.D: No esperaba menos de ti 😊
¡¡Muchísimas Gracias!! Da gusto recibir este feedback. ¡Aunque ahora mismo no sepa quienes sois espero no decepcionaros!
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